Maestra Educación Infantil y Pedagoga

 

Alimentarse no es solo atender a una necesidad fisiológica, sino más bien, un acto social y educativo.

Al principio, cuando son bebés, tan solo estamos saciando esta necesidad pero después la comida es un aprendizaje complejo. No solo por la autonomía que requiere; primero me da de comer mamá, papá, la abuela…, luego yo lo cojo con las manos y posteriormente utilizo los cubiertos, ¡qué mayor!

Por eso, es tan importante facilitar un modelo de imitación que permita al niño/a identificar lo que debe hacer. En la escuela, el educador/a ejerce un papel de moderador, a la vez que proporciona un contexto en el que el niño/a aprende cómo debe comportarse:

Permanezco sentado en la silla, espero turno para comer, utilizo los cubiertos, recojo y tiro a la basura los desechos, etc.

Y en casa, ¿qué podemos hacer?
Lo ideal es mantener estas pautas que en la escuela se han establecido, como dejarles comer solos, aunque se manchen, ya que la práctica les ayudará a ensuciar cada vez menos, así como dejarles que ayuden a poner la mesa y a recoger. Además es muy importante ofrecer al niño/a los alimentos que le resultan atractivos y motivadores, aunque esto no implica darles aquello que se comen fácilmente (purés) o solamente lo que les gusta, sino compensar en una comida alimentos que se come bien con aquellos más costosos, es decir, establecer recompensas para premiar cuando come bien.

Lo más importante, sin duda, es hacerlo de forma constante, para que el niño/a perciba que el modelo educativo entre la familia y la escuela es único y coherente, lo que garantizará el éxito en la adquisición de hábitos alimenticios saludables.